EL SITIO DE MI RECREO
Yo no sabía qué significaba eso.
Recuerdo el eco en los cuartos vacíos, el sonido de mis pasos probando el espacio, como si tuviera que recorrerlo varias veces para entenderlo. Desde la ventana veía otros edificios, pasajes, gente que no conocía.
Ese mismo año mi padre llegó con un Volkswagen Passat. Era gris y tenía tocacassette. Ahí apareció la canción.
El sitio de mi recreo empezó a sonar en ese carro, casi siempre en cassette, a veces en la memoria seis de la radio, donde solía encontrarla o girando el dial con paciencia. Cuando la señal aparecía, la dejaba correr.
La ponía seguido.
Manejaba en silencio, con una mano en el timón y la otra en la palanca de cambios, rozando la radio con la punta de los dedos. Yo lo miraba de reojo, tratando de entender por qué volvía siempre a esa canción, qué había ahí que no decía en voz alta.
En las torres hice amigos. Bajábamos sin avisar y recorríamos los espacios entre los edificios, retranques que abrían paso a jardines, senderos que se cruzaban sin orden, caminos que llevaban a otros caminos. Los árboles aparecían sin seguir una línea, como si alguien los hubiera puesto tirándolos al azar.
Todo era un terreno de juego.
Corríamos. Nos escondíamos. Inventábamos reglas que cambiaban en el camino. A veces pasábamos frente a puertas abiertas donde vendían chups. En otras, alguien recibía a personas que entraban y salían rápido para ponerse inyectables. Nadie explicaba nada. Todo convivía.
Desde arriba, a veces, escuchaba la voz de mi madre llamándome. Tardaba en subir. Sabía que podía quedarme un poco más.
El barrio se fue volviendo familiar sin que me diera cuenta.
Y la canción seguía.
La escuchaba en el carro, en trayectos que no recuerdo del todo, en semáforos, paseos a la playa y en vueltas sin apuro. Al principio repetía sonidos. Luego palabras. Hasta que un día la cantamos juntos.
Sin mirarnos.
Nuestras voces coincidieron como si ese dial nos hubiera encontrado.
Sentí que entraba en su mundo y dejaba de mirar desde el asiento de al lado.
Cantábamos y no hacía falta hablar.
Con el tiempo entendí que esa canción no era solo suya, que no era solo una repetición, sino una forma de quedarse en algo que no podía decir.
Y también entendí que yo había entrado ahí sin darme cuenta.
Sigue siendo una forma de encontrarnos.

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