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LAS SEÑORAS DE LAS MALLAS

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A las 7.35 de la mañana aparecen la señoras de las mallas. Llegan en camionetas enormes. Land Cruisers, Tahoes, alguna Chevrolet. Carros que ocupan media calle y de los que bajan mujeres bastante más pequeñas de lo que uno esperaba. Llevan zapatillas, casaca deportiva y mallas negras. Casi todas son rubias. Algunas de nacimiento y otras por perseverancia. Y llevan agua. Mucha agua. Unas botellas enormes, con asa, cañita ancha y capacidad suficiente para atravesar el Sahara. Las cargan de un lado a otro como si en Lima existiera un riesgo permanente de deshidratación. Algunas parecen pequeños bidones de veinte litros. Todo indica que van a hacer deporte. —Hoy tengo pilates. —Yo funcional. —No puedo ni caminar. Ayer hice piernas. Los niños entran al colegio. Ellas no. Se quedan en la puerta. Primero son dos. Luego cuatro. Después siete u ocho mujeres en mallas forman un círculo justo en el lugar por donde todo el mundo necesita pasar. Uno intenta entrar. —Permiso. El círculo se abre unos...

ARENA EN LOS ZAPATOS

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Mientras me contaba los días que estaría en Lima, mencionó que TikTok llevaba un tiempo mostrándole videos de la Huacachina. —Quiero conocer el desierto. Nunca se me habría ocurrido ir por mi cuenta. Mucho menos apuntarme a uno de esos tours que salen de Lima de madrugada, recorren Paracas, Ica y Huacachina en un día y te devuelven a casa cuando ya estás demasiado cansado. Pero le escribí a Gael, un amigo del colegio, a quien suelo preguntarle cosas porque tengo la impresión de que siempre conoce a alguien que conoce a alguien. Me mandó varias opciones. Una proponía recogerte en tu casa a las cuatro de la mañana y dejarte de vuelta cerca de medianoche. Incluía desayuno, las Islas Ballestas, almuerzo, una visita a una destilería, los buggies, sandboard y un picnic al atardecer en medio del desierto. Lo tomé. Más por darle gusto que por otra cosa. Natalia aterrizó en Lima cerca de las once de la noche, cansada. La acompañé a comer algo rápido porque al día siguiente tenía que ir temprano...

LOMO SALTADO

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  Una tarde, mientras limpiábamos los tornos de cerámica, me preguntó cuál era mi comida favorita. —Lomo saltado. Repitió el nombre un par de veces, como quien intenta memorizar una palabra nueva. Después lo escribió en una nota del teléfono y seguimos hablando. Yo pensé que la conversación había terminado ahí. Empezó a mandarme fotos desde el supermercado. Primero, una estantería llena de botellas de sillao. —¿Cuál de todas es? Después un paquete de arroz. Más tarde, tres tipos distintos de carne. —¿Esta sirve? Al rato apareció otra foto. —¿Qué es ají amarillo? Le respondía como podía. Nunca imaginé que se lo estuviera tomando tan en serio. Días después me invitó a cenar. Cuando llegué, la cocina olía a cebolla. Apenas quedaba un rincón libre. Había ollas abiertas, una tabla llena de papas cortadas, el teléfono apoyado junto a la hornilla con una receta traducida al alemán y manchas de salsa sobre el plan de trabajo. —Creo que ya casi sale. La carne quedó más gruesa de lo normal. ...

CUMPLEAÑOS

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Cumplo años en Belfort. Hace un mes mi vida se partió en dos y todavía no sé cómo seguir. Afuera hace frío. No el frío que uno comenta al entrar a una oficina, sino ese que se mete por las mangas, se instala en las manos, endurece las articulaciones y termina acompañando hasta el pensamiento. No conozco a nadie en esta ciudad. Tampoco tengo tiempo para conocerla. Estoy encerrado terminando un concurso que debe entregarse antes del amanecer mientras, al otro lado del Atlántico, me espera una audiencia que llevo días imaginando. La pantalla está llena de planos, correcciones y correos sin responder. Yo también. Hace días que me duele la cabeza. Duermo poco y como cuando me acuerdo. El café dejó de despertarme hace varias tazas. Reviso una planta, vuelvo sobre una fachada, cambio una línea, respondo un correo y vuelvo a empezar. Miro la hora. Después vuelvo a mirarla. La madrugada avanza sin hacer ruido. Recuerdo que es mi cumpleaños porque el teléfono vibra de vez en cuando. Respondo alg...

ESCALA EN MADRID

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Dieciséis horas. A las nueve de la mañana estoy entregando un sobre en una cafetería cerca de Atocha. La mujer lo recibe con las dos manos, como si pesara más de lo normal. Lo deja sobre la mesa sin abrirlo. Pide otro café. —Veinticinco años —dice. Pienso que habla de un matrimonio, de un trabajo o de una hipoteca. —Veinticinco años sin volver. Entonces me cuenta de los papeles, de trámites que nunca terminan, de permisos que llegan tarde, de viajes que siempre quedan para después. Cuando le pregunto por Lima no habla en pasado. Habla de una ciudad donde todavía vive una parte de ella. Habla de las elecciones, de calles que ya no conoce y de otras que sigue recorriendo de memoria. Mientras se despide, guarda el sobre en el bolso y me da las gracias como si le hubiera llevado algo más. Horas después estoy en una terraza con mi profesor de escritura. Entre nosotros hay dos cervezas y una conversación que empezó hace meses. Habla como escribe. Una historia llama a otra, una persona lleva ...

EL SITIO DE MI RECREO

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Me mudé a un quinto piso de las Torres de San Borja cuando tenía cinco años. Veníamos del Callao. Mis padres habían ganado un sorteo del Ministerio de Vivienda y durante semanas la casa fue un tránsito de cajas, de cosas que no encontraban lugar, de muebles que se movían sin decidirse, mientras mi madre repetía que ahora todo iba a ser distinto. Yo no sabía qué significaba eso. Recuerdo el eco en los cuartos vacíos, el sonido de mis pasos probando el espacio, como si tuviera que recorrerlo varias veces para entenderlo. Desde la ventana veía otros edificios, pasajes, gente que no conocía. Ese mismo año mi padre llegó con un Volkswagen Passat. Era gris y tenía tocacassette. Ahí apareció la canción. El sitio de mi recreo empezó a sonar en ese carro, casi siempre en cassette, a veces en la memoria seis de la radio, donde solía encontrarla o girando el dial con paciencia. Cuando la señal aparecía, la dejaba correr. La ponía seguido. Manejaba en silencio, con una mano en el timón y la otra ...

DESPUES DEL RUIDO

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Hoy veo la luz. No cae del cielo ni hace ruido. Está ahí, al fondo, como una puerta que no sabía que seguía abierta. Durante meses caminé con el cuerpo en guardia. Cada día fue un trámite, una espera, un nudo en la garganta. Viví rodeado de papeles, fechas, voces que no eran mías. Aprendí a hablar poco. A medir cada palabra. A dormir con un ojo abierto. Hoy eso se rompe. Escucho un veredicto y algo en mí se endereza. No es euforia. Es peso que se va. Es aire que vuelve a entrar donde antes había presión. Los abogados avanzan como caballeros sin espada, con argumentos en alto, defendiendo no una versión sino un hilo de verdad que resistió el ruido. No hubo gritos. No hubo triunfo. Hubo claridad. Pienso en todo lo vivido. En los días donde el miedo dictaba la agenda. En las noches donde el futuro parecía un cuarto sin ventanas. En las veces que dudé incluso de mi propia voz. Y aun así, seguí. Caminé. Hoy gana algo que no se puede firmar: el amor que no soltó, la fe que no hizo ruido, la ...