LOMO SALTADO
Una tarde, mientras limpiábamos los tornos de cerámica, me preguntó cuál era mi comida favorita. —Lomo saltado. Repitió el nombre un par de veces, como quien intenta memorizar una palabra nueva. Después lo escribió en una nota del teléfono y seguimos hablando. Yo pensé que la conversación había terminado ahí. Empezó a mandarme fotos desde el supermercado. Primero, una estantería llena de botellas de sillao. —¿Cuál de todas es? Después un paquete de arroz. Más tarde, tres tipos distintos de carne. —¿Esta sirve? Al rato apareció otra foto. —¿Qué es ají amarillo? Le respondía como podía. Nunca imaginé que se lo estuviera tomando tan en serio. Días después me invitó a cenar. Cuando llegué, la cocina olía a cebolla. Apenas quedaba un rincón libre. Había ollas abiertas, una tabla llena de papas cortadas, el teléfono apoyado junto a la hornilla con una receta traducida al alemán y manchas de salsa sobre el plan de trabajo. —Creo que ya casi sale. La carne quedó más gruesa de lo normal. ...