ESCALA EN MADRID
Dieciséis horas. A las nueve de la mañana estoy entregando un sobre en una cafetería cerca de Atocha. La mujer lo recibe con las dos manos, como si pesara más de lo normal. Lo deja sobre la mesa sin abrirlo. Pide otro café. —Veinticinco años —dice. Pienso que habla de un matrimonio, de un trabajo o de una hipoteca. —Veinticinco años sin volver. Entonces me cuenta de los papeles, de trámites que nunca terminan, de permisos que llegan tarde, de viajes que siempre quedan para después. Cuando le pregunto por Lima no habla en pasado. Habla de una ciudad donde todavía vive una parte de ella. Habla de las elecciones, de calles que ya no conoce y de otras que sigue recorriendo de memoria. Mientras se despide, guarda el sobre en el bolso y me da las gracias como si le hubiera llevado algo más. Horas después estoy en una terraza con mi profesor de escritura. Entre nosotros hay dos cervezas y una conversación que empezó hace meses. Habla como escribe. Una historia llama a otra, una persona lleva ...