LA SECTA
No ocurrió de golpe. Estas cosas nunca ocurren de golpe. Al principio uno no sospecha nada. Conocí a Priscila durante los años en que mi vida se había convertido en una sucesión de abogados, escritos y expedientes. Ella trabajaba con un conocido penalista, de esos que defienden casos de alto vuelo y cuyos clientes aparecen de vez en cuando en los periódicos. Odebrecht, Lava Jato y otros asuntos que era mejor no comentar demasiado alto en un restaurante. Al final no llegué a trabajar con él, pero con ella quedó algo. De vez en cuando me escribía. —¿Cómo va todo? Una tarde nos encontramos en un café de la calle Conquistadores y terminé contándole buena parte de lo que estaba pasando. No intentó darme una solución en veinte minutos ni convertir mi historia en una consulta jurídica. Escuchó. Después seguimos hablando de otras cosas. Abogada por la Villarreal, con una maestría en Madrid. Era joven, pero llevaba suficientes años entre estudios y casos como para pasar con naturalidad del dere...