LAS SEÑORAS DE LAS MALLAS
A las 7.35 de la mañana aparecen la señoras de las mallas. Llegan en camionetas enormes. Land Cruisers, Tahoes, alguna Chevrolet. Carros que ocupan media calle y de los que bajan mujeres bastante más pequeñas de lo que uno esperaba. Llevan zapatillas, casaca deportiva y mallas negras. Casi todas son rubias. Algunas de nacimiento y otras por perseverancia. Y llevan agua. Mucha agua. Unas botellas enormes, con asa, cañita ancha y capacidad suficiente para atravesar el Sahara. Las cargan de un lado a otro como si en Lima existiera un riesgo permanente de deshidratación. Algunas parecen pequeños bidones de veinte litros. Todo indica que van a hacer deporte. —Hoy tengo pilates. —Yo funcional. —No puedo ni caminar. Ayer hice piernas. Los niños entran al colegio. Ellas no. Se quedan en la puerta. Primero son dos. Luego cuatro. Después siete u ocho mujeres en mallas forman un círculo justo en el lugar por donde todo el mundo necesita pasar. Uno intenta entrar. —Permiso. El círculo se abre unos...