LOMO SALTADO
Una tarde, mientras limpiábamos los tornos de cerámica, me preguntó cuál era mi comida favorita.
—Lomo saltado.
Repitió el nombre un par de veces, como quien intenta memorizar una palabra nueva. Después lo escribió en una nota del teléfono y seguimos hablando. Yo pensé que la conversación había terminado ahí.
Empezó a mandarme fotos desde el supermercado.
Primero, una estantería llena de botellas de sillao.
—¿Cuál de todas es?
Después un paquete de arroz.
Más tarde, tres tipos distintos de carne.
—¿Esta sirve?
Al rato apareció otra foto.
—¿Qué es ají amarillo?
Le respondía como podía. Nunca imaginé que se lo estuviera tomando tan en serio.
Días después me invitó a cenar.
Cuando llegué, la cocina olía a cebolla. Apenas quedaba un rincón libre. Había ollas abiertas, una tabla llena de papas cortadas, el teléfono apoyado junto a la hornilla con una receta traducida al alemán y manchas de salsa sobre el plan de trabajo.
—Creo que ya casi sale.
La carne quedó más gruesa de lo normal.
Las papas parecían haber seguido instrucciones distintas cada una.
El arroz estaba un poco pasado.
Nos reímos toda la noche.
Nunca volví a comer un lomo saltado parecido.
Durante mucho tiempo pensé que lo que recordaba de esa cena era el plato.
Con los años entendí que no.
En esa época yo vivía pendiente del teléfono. Los días se medían por escritos, audiencias y videollamadas que podían empezar en cualquier momento y terminar cuando alguien más lo decidiera. Había mañanas en las que levantarme de la cama ya me parecía suficiente trabajo. Llegaba al taller de cerámica porque alguien me había dicho que salir de casa ayudaba, aunque muchas veces no entendía por qué seguía yendo.
Ella nunca intentó convencerme de que todo iba a salir bien.
Nunca buscó respuestas.
Nunca me dijo que el tiempo curaba.
Simplemente seguía haciendo preguntas.
—¿Qué carne compro?
—¿Esta salsa sirve?
—¿Así está bien?
Con los años he olvidado el sabor de ese lomo saltado.
No sabría decir si le faltaba sal, si llevaba demasiado sillao o si el arroz estaba realmente pasado.
En cambio, hay imágenes que siguen intactas.
Las recetas abiertas sobre la mesa.
Las fotos desde el supermercado.
Las manchas de salsa en la cocina.
Y ella, detenida frente a una estantería, mirando etiquetas que no entendía e intentando descubrir cuál de todas se parecía más a una palabra que había escuchado apenas unos días antes.
No volvimos a cocinar un lomo saltado.

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