ESCALA EN MADRID
A las nueve de la mañana estoy entregando un sobre en una cafetería cerca de Atocha. La mujer lo recibe con las dos manos, como si pesara más de lo normal. Lo deja sobre la mesa sin abrirlo. Pide otro café.
—Veinticinco años —dice.
Pienso que habla de un matrimonio, de un trabajo o de una hipoteca.
—Veinticinco años sin volver.
Entonces me cuenta de los papeles, de trámites que nunca terminan, de permisos que llegan tarde, de viajes que siempre quedan para después. Cuando le pregunto por Lima no habla en pasado. Habla de una ciudad donde todavía vive una parte de ella. Habla de las elecciones, de calles que ya no conoce y de otras que sigue recorriendo de memoria. Mientras se despide, guarda el sobre en el bolso y me da las gracias como si le hubiera llevado algo más.
Horas después estoy en una terraza con mi profesor de escritura. Entre nosotros hay dos cervezas y una conversación que empezó hace meses. Habla como escribe. Una historia llama a otra, una persona lleva a la siguiente, una anécdota abre una puerta que da a otra puerta.
Reímos.
Hablamos de un amigo en común. De una época en la que el futuro ocupaba más espacio que el pasado. Lo escucho y vuelvo a ser el lector que abría su blog antes de empezar a trabajar en la oficina de la avenida Conquistadores, cuando París todavía no existía en mis planes y mis hijos eran apenas una posibilidad.
Cuando cae la tarde cruzo la ciudad para encontrarme con una amiga.
Nos conocimos hace años en la oficina de una arquitecta gótica. Desde entonces han pasado concursos, mudanzas, ciudades y pérdidas, pero cuando la veo bajar por la calle tengo la sensación de que la conversación simplemente estaba en pausa.
Hace calor.
Compramos cerveza y empezamos a caminar.
Cada cierto tiempo señala un edificio.
Me cuenta quién lo diseñó, cuándo se construyó, qué problema intentaba resolver. Luego la arquitectura desaparece y estamos hablando del PSOE, de una paloma pintada sobre un local del PP, de concursos perdidos, de música, de amigos que ya no vemos y de otros que aparecieron cuando más falta hacían.
Pido otra cerveza.
Ella también.
Le cuento lo de febrero. El final de una historia que ocupó años de mi vida. Ella deja de caminar un instante.
—Por fin —dice.
Y durante unos segundos apoya su mano sobre mi hombro y sonríe de una forma que me hace pensar que la noticia también le pertenece un poco.
Después aparece Asturias.
No sé quién la menciona.
Vuelven una mesa llena de platos de fabada y cachopo, la sidra cayendo desde arriba, la música golpeándome los pulmones y, sobre todo, vuelve la persona que yo era entonces.
No quería ver a nadie.
Había pensado en cancelar ese viaje más de una vez. Miraba el teléfono sin responder mensajes. Me escondía.
Ella apareció igual.
Fue a buscarme cuando yo ya había decidido desaparecer un tiempo del mundo.
La tarde se convierte en noche sin que nos demos cuenta.
Seguimos hablando.
De Perales. De concursos. De gente que conocimos hace más de una década. De quienes éramos entonces y de quienes somos ahora.
Cuando nos despedimos siento que algo mío se queda con ella.
Horas después estoy sentado en el avión.
Miro por la ventana mientras Madrid se hace más pequeña. Pienso que debería leer algo, ver una película o responder mensajes, pero cierro los ojos un momento y tomo aire.
Supongo que fueron las cervezas.
Cuando me despierto ya estamos sobre el Atlántico. Veo que faltan cinco horas para llegar. Durante unos segundos no recuerdo dónde estoy. Escucho el ruido de los motores y pienso que todo pudo haber sido un sueño: la mujer que no vuelve a Lima, la cerveza con mi profesor, la caminata por Madrid.
Sonrío.
Y vuelvo a dormir.

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