ARENA EN LOS ZAPATOS


Mientras me contaba los días que estaría en Lima, mencionó que TikTok llevaba un tiempo mostrándole videos de la Huacachina.

—Quiero conocer el desierto.

Nunca se me habría ocurrido ir por mi cuenta. Mucho menos apuntarme a uno de esos tours que salen de Lima de madrugada, recorren Paracas, Ica y Huacachina en un día y te devuelven a casa cuando ya estás demasiado cansado. Pero le escribí a Gael, un amigo del colegio, a quien suelo preguntarle cosas porque tengo la impresión de que siempre conoce a alguien que conoce a alguien.

Me mandó varias opciones. Una proponía recogerte en tu casa a las cuatro de la mañana y dejarte de vuelta cerca de medianoche. Incluía desayuno, las Islas Ballestas, almuerzo, una visita a una destilería, los buggies, sandboard y un picnic al atardecer en medio del desierto.

Lo tomé.

Más por darle gusto que por otra cosa.

Natalia aterrizó en Lima cerca de las once de la noche, cansada. La acompañé a comer algo rápido porque al día siguiente tenía que ir temprano a Gamarra y llenar tres maletas con artículos enrollados que vi entrar y salir del departamento sin llegar a entender muy bien qué eran. Esa noche tampoco salimos. A las cuatro de la mañana nos esperaban frente al departamento donde se quedaba, a dos cuadras de mi casa.

Cuando subí al bus pensé: ¿qué hago acá?

Todavía era de noche y mi cuerpo protestaba. Llevaba demasiado tiempo viviendo entre Lima y París, durmiendo a una hora y trabajando en otra, contestando el teléfono a las tres de la mañana y dando respuestas automáticas en francés que unas horas después no recordaba haber dado. Natalia se acomodó en el asiento y consiguió dormirse. Yo apoyé la cabeza contra la ventana. Vi cómo Lima iba desapareciendo detrás de nosotros bajo esa lluvia limeña que casi no moja pero ensucia.

Cuando llegamos a Paracas ya había amanecido.

El tour empezaba con un desayuno y nos dieron varias opciones. Yo elegí la más contundente: jugo, café y un sándwich de pollo. Natalia pidió un espresso y una ensalada de frutas que no terminó.

Hacía tiempo que no pasaba tantas horas seguidas conversando con alguien. Al principio hablamos de lo que había ocurrido desde la última vez que nos vimos en Bogotá, de cómo algunas cosas que tres años atrás parecían imposibles de entender ahora empezaban a encontrar un lugar. Hablamos de amigos, relaciones, nuestros padres, de mi antiguo departamento en París, de decisiones que habíamos tomado y de otras que todavía no sabíamos tomar. Cuando un tema se terminaba aparecía otro debajo, y luego otro, como si en lugar de avanzar estuviéramos escarbando.

En el bote hacia las Islas Ballestas, Natalia estiró la mano y tocó el agua. Se llevó un dedo a la boca. El guía se quedó mirándola.

—Quiero probar el Pacífico.

Me pareció raro y me dio risa.

Un rato después, el guía empezó a contarnos la historia de las islas guaneras.

Natalia volteó hacia mí.

Yo la miré.

—¿Qué?

—Nada.

Tardó unos segundos en entenderlo.

Su cara me hizo reír todavía más.

A Huacachina llegamos por la tarde. Teníamos poco tiempo libre antes de subir a los tubulares y Natalia decidió que eso era suficiente para verlo todo. Caminamos alrededor de la laguna, nos metimos por algunas calles, miramos puestos y regresamos casi corriendo porque el grupo ya estaba esperando.

Nunca había subido a uno de esos carros y tampoco estaba preparado para descubrir que el objetivo consistía, aparentemente, en hacerte creer cada pocos segundos que ibas a morir.

El conductor aceleró y la laguna desapareció detrás de una duna.

De pronto ya no había edificios, calles ni árboles.

Solo arena hasta donde alcanzaba la vista.

Las dunas se sucedían unas detrás de otras, dibujadas por el viento, con crestas que parecían cambiar cada vez que el carro giraba. Algunas estaban iluminadas por el sol y otras empezaban a quedar en sombra. No había postes, casas ni nada que permitiera calcular las distancias. Por momentos miraba hacia un lado y no conseguía entender si lo que tenía delante estaba a cien metros o a varios kilómetros.

Pensé en M. y R.

Me hubiera gustado que estuvieran sentados ahí conmigo. Ver sus caras cuando el carro empezara a bajar, escucharlos gritar, descubrir cuál de los dos pediría otra vuelta y cuál diría que ya era suficiente. Durante unos segundos imaginé sus voces mezcladas con el ruido del motor.

Entonces el carro cayó.

No encuentro otra palabra.

El conductor lanzó el tubular por una pendiente y durante unos segundos vi arena, después cielo y otra vez arena. Sentí el estómago subir hasta la garganta y, al mismo tiempo, la mano de Natalia agarrándome el brazo como si quisiera arrancármelo.

Me reí como si no tuviera miedo.

En la siguiente bajada sentí que iba a morir ese día. Cuando terminó, el corazón me golpeaba el pecho. Miré hacia abajo para comprobar que no me había orinado.

Creo que me encantó.

Aunque también creo que no volvería a hacerlo nunca más.

O quizá sí.

Llegó el turno de las tablas. Nos hicieron echarnos de pecho y lanzarnos desde lo alto de una duna. Desde arriba me pareció demasiado alta. Yo bajé en silencio, con los brazos pegados al cuerpo y toda la emoción guardada por dentro, como suelo hacer con casi todo.

Natalia hizo exactamente lo contrario.

Gritó desde que empezó a deslizarse hasta que llegó abajo. Cuando se levantó, levantó también los brazos y sonrió. Aplaudieron. Argentinos, franceses, españoles; personas que unas horas antes no sabían que los demás existían celebraban ahora a una colombiana cubierta de arena que acababa de bajar una duna gritando.

Subimos otra y volvimos a bajar.

Luego otra.

En algún momento dejé de mirar el teléfono.

Al final de la tarde el carro nos llevó más adentro del desierto. Sobre una parte plana habían preparado una mesa larga para el picnic. Había frutas, quesos, jamones y bebidas. El sol empezaba a bajar y las sombras de las dunas se alargaban hasta tocarse unas con otras.

Me quedé conversando con una pareja de arquitectos argentinos que quería conocer el norte del Perú. Empezamos a hablar de lugares, rutas, ciudades, de qué valía la pena visitar y cuánto tiempo dedicarle a cada cosa. Llevábamos un rato hablando cuando me di cuenta de que Natalia ya no estaba.

La vi a cierta distancia, sola, de espaldas a nosotros.

No hacía nada.

Solo miraba.

Seguí conversando, pero cada cierto tiempo volteaba para comprobar que seguía ahí. El sol estaba cayendo detrás de las dunas y ella continuaba quieta frente a esa extensión de arena.

Al cabo de unos minutos regresó.

Tenía los ojos hinchados y rojos.

—¿Qué pasó? —le pregunté, un poco preocupado.

—Nada.

Sonrió.

—Soy feliz. Me fui a botar todo.

Volteó hacia el desierto.

—Qué lindo es esto, ¿no? Qué pequeña me siento.

Se quedó callada un momento, todavía mirando las dunas.

—Deberías ir y hacer lo mismo.

Me alejé de la mesa.

Caminé sin saber exactamente hacia dónde. A cada paso las voces del grupo se escuchaban menos, hasta que quedaron detrás de una duna.

Me detuve.

No se escuchaba casi nada.

El viento hacía correr la arena sobre la superficie y borraba algunas huellas casi al mismo tiempo que aparecían. El sol estaba muy abajo. Las crestas de las dunas se dibujaban unas detrás de otras hasta perderse y, por primera vez, pude entender su tamaño sin el ruido del motor ni los gritos de las bajadas.

Pensé otra vez en mis hijos.

Me hubiera gustado tenerlos ahí.

No pensé en explicarles nada. Ni en contarles los últimos años. Ni siquiera en decirles que miraran el atardecer.

Solo imaginé sus manos dentro de las mías.

Me quedé un rato.

No sé cuánto.

Cuando regresé, Natalia estaba junto a la mesa.

No le conté qué había pensado.

Ella tampoco me preguntó.

Ahora volvemos a Lima.

Es de noche y Natalia duerme a mi lado en el bus, con la cabeza apoyada en mi hombro. Yo no tengo sueño. Miro por la ventana, aunque afuera apenas se distingue la carretera, y pienso que hace unos días jamás habría imaginado estar en medio de un desierto tirándome de pecho por una duna.

Cuando entramos a Lima decidimos bajarnos en Miraflores en lugar de esperar a que el bus nos lleve hasta la casa. Todavía encontramos un lugar abierto y pedimos dos cervezas.

Estamos cansados, sucios y llenos de arena. Hay arena en el pelo, en la ropa y dentro de las zapatillas. Natalia se quita una debajo de la mesa, la voltea y la sacude.

Cae un pequeño montón al piso.

Nos miramos y reímos.

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