CUMPLEAÑOS
Cumplo años en Belfort.
Hace un mes mi vida se partió en dos y todavía no sé cómo seguir. Afuera hace frío. No el frío que uno comenta al entrar a una oficina, sino ese que se mete por las mangas, se instala en las manos, endurece las articulaciones y termina acompañando hasta el pensamiento. No conozco a nadie en esta ciudad. Tampoco tengo tiempo para conocerla. Estoy encerrado terminando un concurso que debe entregarse antes del amanecer mientras, al otro lado del Atlántico, me espera una audiencia que llevo días imaginando.
La pantalla está llena de planos, correcciones y correos sin responder.
Yo también.
Hace días que me duele la cabeza. Duermo poco y como cuando me acuerdo. El café dejó de despertarme hace varias tazas. Reviso una planta, vuelvo sobre una fachada, cambio una línea, respondo un correo y vuelvo a empezar. Miro la hora. Después vuelvo a mirarla. La madrugada avanza sin hacer ruido.
Recuerdo que es mi cumpleaños porque el teléfono vibra de vez en cuando. Respondo algunos mensajes. Otros no.
Pienso en M.
Pienso en R.
Pienso en si alguien les habrá dicho que hoy es doce de febrero.
Detrás de la ventana del hotel sigue nevando, pero no esa nieve de las postales. Esta golpea el vidrio, cubre los autos, borra la calle. Belfort parece una ciudad levantada en el último rincón del mundo. Durante unos minutos siento que todo está ocurriendo al mismo tiempo: el concurso, el juicio, la distancia, el miedo, el cansancio. Como si alguien hubiera decidido juntar todos los problemas de mi vida en una sola noche.
Entonces dejo de trabajar.
Miro la pantalla. Después la ventana. Por primera vez desde que empezó la madrugada dejo de pensar en el concurso, en la audiencia o en los correos que siguen entrando. Lo único que quiero es que todo se detenga. El ruido. El miedo. Esa sensación de estar perdiendo cosas que no sé cómo recuperar.
Y durante unos segundos aparece una idea que hasta hoy me cuesta nombrar.
No resolver nada ni pensar en nada.
Desaparecer.
Quedar suspendido en un lugar donde no existan abogados, expedientes, llamadas perdidas ni calendarios.
La idea dura poco. No porque encuentre una respuesta ni porque de pronto todo mejore.
Simplemente se va.
Vuelvo a la computadora sabiendo que esa noche no voy a ver a mis hijos, ni cambiar una decisión judicial, ni arreglar la vida que se rompió un mes atrás.
Pero todavía puedo resolver un problema.
Solo uno.
Empiezo por una planta. Después una fachada. Luego una memoria.
Uno a la vez.
Cuando entrego el concurso ya está amaneciendo. Cierro la computadora, me pongo el abrigo y salgo rumbo a la presentación. Horas después me conecto a la audiencia con el mismo dolor de cabeza, el mismo miedo y la misma incertidumbre con la que empezó la noche.
Afuera sigue nevando.
Camino evitando pisar las líneas de la vereda.

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