LA SECTA


No ocurrió de golpe. Estas cosas nunca ocurren de golpe. Al principio uno no sospecha nada.

Conocí a Priscila durante los años en que mi vida se había convertido en una sucesión de abogados, escritos y expedientes. Ella trabajaba con un conocido penalista, de esos que defienden casos de alto vuelo y cuyos clientes aparecen de vez en cuando en los periódicos. Odebrecht, Lava Jato y otros asuntos que era mejor no comentar demasiado alto en un restaurante.

Al final no llegué a trabajar con él, pero con ella quedó algo.

De vez en cuando me escribía.

—¿Cómo va todo?

Una tarde nos encontramos en un café de la calle Conquistadores y terminé contándole buena parte de lo que estaba pasando. No intentó darme una solución en veinte minutos ni convertir mi historia en una consulta jurídica. Escuchó. Después seguimos hablando de otras cosas.

Abogada por la Villarreal, con una maestría en Madrid. Era joven, pero llevaba suficientes años entre estudios y casos como para pasar con naturalidad del derecho penal a los chismes de peluquería pituca.

Estos últimos me interesaban bastante más.

Con el tiempo empezamos a hablar de todo. De abogados. De gente que aparecía en los periódicos. De Lima. De Madrid. De su mamá.

Un día me contó que viajaría diez días a París con ella. Era un viaje que llevaban tiempo queriendo hacer juntas.

Le ofrecí mi departamento de Montparnasse.

Declinó con elegancia y reservó un Airbnb.

El mismo día en que aterrizaron me escribió.

—Mira esto.

El propietario acababa de cancelar la reserva. Una inundación, decía. El departamento ya no podía recibirlas.

Empezamos a buscar alternativas. Le ofrecí otra vez Montparnasse y esta vez aceptó.

Una tarde, al volver del trabajo, abrí la puerta y olía a keke. Fui hasta mi habitación y encontré la cama tendida.

Me quedé mirándola unos segundos.

Hacía meses que nadie hacía ninguna de las dos cosas en esa casa.

Mientras tanto escribimos a la plataforma. Dos días después conseguimos otro alojamiento para el resto de su estadía y terminó incluso recibiendo una indemnización.

En París salimos varias veces. Nos encontrábamos después de sus largos recorridos por la ciudad con su mamá. Tomábamos algo en el boulevard Edgar Quinet y después caminábamos hasta el Pont des Arts.

Priscila aprovechaba el camino para fumar.

Había calculado que la distancia era suficiente para que, cuando volviera, su mamá no notara el olor.

Caminábamos despacio. Ella fumaba y hablábamos durante horas. De Lima, de París, de los expedientes y de toda esa gente que podía terminar presa.

En algún momento descubrimos que, fuera de todo eso, también nos llevábamos bien.

Después empezamos a vernos en Lima. Priscila conocía restaurantes que yo no conocía, los de moda y los huariques, y yo aceptaba casi cualquier plan que involucrara comer. Nos gustaba sentarnos frente a algo bien preparado y dedicarle el tiempo que merecía.

Éramos dos sibaritas buscando emoción.

Todo iba bien.

Hasta que apareció el running.

Debí sospecharlo antes. Priscila jugaba fútbol.

Yo ni siquiera sabía que existía un campeonato entre estudios de abogados hasta que un día fui a verla jugar una final.

Era defensa.

Verla marcar era como ver una versión todavía más feroz de Carlos Zambrano. No sé si recuperaba muchas pelotas, pero nadie parecía tener demasiadas ganas de pasar por su lado.

Recuerdo haber pensado que, si defendía así a sus clientes, quizá me había equivocado de abogado.

El mismo día de la final, una amiga del estudio la invitó a correr.

—Estoy corriendo un poco.

Me pareció saludable.

La apoyé.

Grave error.

Poco después llegaron las zapatillas. Primero un par, luego otro y después alguno más. Al parecer cada uno servía para algo distinto, y preguntar por qué no podía correr siempre con las mismas era una forma rápida de demostrar que uno no estaba preparado para esa conversación.

Luego apareció el reloj.

El reloj fue el comienzo del final.

Desde entonces dejó de decirme que había salido a correr.

Había hecho ocho kilómetros.

A 5:53 el kilómetro.

Con no sé cuántos metros de desnivel.

En zona dos.

Empezó a mandarme capturas con mapas, números, ritmos, pulsaciones y recorridos de distancias que me parecían innecesarias.

Yo respondía:

—Buenísimo.

No entendía nada.

Después empezó a conocer gente.

Otros runners.

Ahí comprendí que aquello ya no era solo deporte.

Era captación.

Comenzaron las reuniones de madrugada. Los grupos de WhatsApp. Las fotos colectivas. Las carreras de los domingos. Las inscripciones para recorrer distancias que durante miles de años la humanidad solo recorrió cuando algo la perseguía.

Intenté mantener nuestra amistad.

—¿Tomamos algo el viernes?

—No puedo. Mañana tengo fondo.

Durante unos segundos imaginé algo bastante más interesante.

Después descubrí que fondo significaba levantarse a las cinco de la mañana de un sábado para correr veinte kilómetros.

—¿Almorzamos el domingo?

—Tengo carrera.

—¿Un café?

—Después de entrenar.

Nunca supe exactamente cuándo era después de entrenar.

Poco a poco empezaron a cambiar algunas cosas. Dejó el cigarro, empezó a evitar el alcohol antes de las carreras y a dormir temprano. Luego llegaron las proteínas, los geles, los electrolitos y la recuperación muscular.

Yo observaba todo desde mi realidad sedentaria con la preocupación de quien ve a una persona querida alejarse hacia un lugar al que no está dispuesto a seguirla.

Intenté correr una vez.

Fue suficiente.

Ella me explicó que había que empezar despacio, encontrar mi ritmo, ser constante.

Yo encontré mi ritmo bastante rápido.

Era caminar.

Priscila sigue siendo abogada. Sigue pudiendo hablar de derecho, política, viajes y chismes de peluquería pituca.

Supongo.

Hace tiempo que resulta difícil comprobarlo.

La última vez que intentamos encontrarnos, me invitó a acompañarla a un entrenamiento el sábado por la noche.

—¿Y el domingo?

—Descanso.

Por un momento pensé que todavía había esperanza.

Pero había pedido libre el lunes para hacer una ruta corriendo hasta algún lugar de la sierra de Lima.

Ahora pedía tiempo libre para correr.

A veces veo sus historias.

Está corriendo.

Siempre está corriendo.

A las cinco de la mañana aparecen veinte personas sonrientes junto al mar. Ya llevan diez kilómetros mientras yo las miro desde la cama, frotando un pie contra el otro para buscar un poco de calor.

No sé quiénes son.

Pero sé lo que hicieron.

Se la llevaron.

A veces pienso en escribirle.

Pero a esa hora estoy durmiendo.

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