LAS SEÑORAS DE LAS MALLAS
A las 7.35 de la mañana aparecen la señoras de las mallas.
Llegan en camionetas enormes. Land Cruisers, Tahoes, alguna Chevrolet. Carros que ocupan media calle y de los que bajan mujeres bastante más pequeñas de lo que uno esperaba.
Llevan zapatillas, casaca deportiva y mallas negras. Casi todas son rubias. Algunas de nacimiento y otras por perseverancia.
Y llevan agua.
Mucha agua.
Unas botellas enormes, con asa, cañita ancha y capacidad suficiente para atravesar el Sahara. Las cargan de un lado a otro como si en Lima existiera un riesgo permanente de deshidratación. Algunas parecen pequeños bidones de veinte litros.
Todo indica que van a hacer deporte.
—Hoy tengo pilates.
—Yo funcional.
—No puedo ni caminar. Ayer hice piernas.
Los niños entran al colegio.
Ellas no.
Se quedan en la puerta.
Primero son dos. Luego cuatro. Después siete u ocho mujeres en mallas forman un círculo justo en el lugar por donde todo el mundo necesita pasar.
Uno intenta entrar.
—Permiso.
El círculo se abre unos centímetros.
Uno pasa de costado y el círculo vuelve a cerrarse.
Hay que comentar algo de la profesora, preguntar por la tarea, confirmar quién irá al cumpleaños del sábado. Una acaba de enterarse de algo y las demás necesitan saberlo antes de continuar con sus vidas.
Pasan diez minutos y los niños ya están en clase.
Las camionetas siguen estacionadas.
Los termos siguen llenos.
Las señoras de las mallas siguen en la puerta.
Hasta que alguien dice:
—¿Un cafecito?
El gimnasio puede esperar.
Caminan dos cuadras y ocupan dos mesas juntas. Llegan vestidas para gastar calorías y empiezan inmediatamente a recuperarlas. Piden americanos, cappuccinos con leche de almendras, huevos, tostadas con palta y alguna cosa con semillas. Una pide un croissant y anuncia que será solo por hoy.
Los termos gigantes quedan sobre la mesa y nadie los toca.
Hablan del colegio, de los niños, de los maridos, de los exmaridos, de la profesora nueva y de una mamá que no está presente.
Sobre todo de una mamá que no está presente.
De vez en cuando alguna mira el reloj.
—Chicas, me tengo que ir. Tengo pilates a las nueve.
A las nueve y cuarto sigue sentada.
La conversación acaba de ponerse interesante y marcharse ahora sería una irresponsabilidad.
Siempre me ha intrigado qué ocurre entre la entrada y la salida del colegio en la vida de las señoras de las mallas. Parecen estar permanentemente ocupadas, aunque nunca termino de descubrir en qué.
Conocen los horarios de pilates, ciclo, funcional, spinning y yoga de medio Lima. Saben qué cafetería acaba de abrir, cuál ya no vale la pena, dónde hacen un buen brunch y dónde hay que reservar para el viernes.
También saben cosas de los demás.
Muchas cosas.
A las diez alguna finalmente llega al gimnasio. Otra decide que ya perdió la clase y promete ir por la tarde. Una tercera recuerda que tiene que hacer una cosa urgentísima que nadie termina de entender y sale mirando el teléfono.
El grupo se disuelve.
Durante unas horas desaparecen.
A la salida del colegio vuelven las camionetas y vuelven ellas.
Los niños aparecen cargando mochilas, loncheras, casacas, dibujos y tomatodos que terminan inmediatamente en manos de sus madres. Empieza la logística de la tarde.
Fútbol.
Natación.
Inglés.
Dentista.
Cumpleaños.
Una pregunta:
—¿Entrenaste al final?
—No pude. Una locura mi mañana.
Suben a los niños a las camionetas, acomodan las mochilas, buscan las llaves y levantan otra vez esos termos enormes que, por alguna razón, todavía parecen llenos.
Se despiden.
Siguen con las mallas puestas.

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