CALENDARIO



—Señor, ¿y usted no ha pensado en escribir un libro?

Me lo preguntó hace unos días la psicóloga.

Le dije que no me sentía capaz. Le hablé de mi profesor de escritura. Dice que las historias nacen del conflicto, del dolor, de aquello que uno no consigue callar.

Que nadie escribe una buena historia sobre la felicidad.

No es la primera persona que me pregunta por un libro.

Hace poco, una amiga del mar me preguntó dos o tres veces cuándo iba a escribirlo. Un amigo de toda la vida me escribe de vez en cuando para preguntarme si tengo otra historia para publicar en la revista de la facultad donde trabaja. A veces me manda un mensaje antes de que haya terminado la anterior.

Durante años tuve cosas que contar.

Escribí sobre ausencias, habitaciones donde nadie encendía la luz, teléfonos que dejaba sobre la mesa esperando una llamada.

A veces me quedaba frente a la pantalla esperando una videollamada que no llegaba. Al apagarse, solo quedaba mi reflejo.

Escribí en aeropuertos, en trenes, en restaurantes. Más de una vez levanté la vista del cuaderno y encontré la comida fría.

A veces escribía porque no sabía qué otra cosa hacer.

Pero hace varias semanas que no escribo nada nuevo.

Tengo varios textos a medio hacer. De vez en cuando abro alguno, cambio una palabra, borro una frase. Me levanto a buscar agua y, cuando regreso, encuentro el cursor parpadeando donde lo dejé.

Como si todavía esperara algo de mí.

Pienso en mi profesor y en aquella idea de que toda historia necesita una herida.

Aparto la mirada de la pantalla. Por la ventana veo pasar los carros del boulevard Edgar Quinet.

Llevaba años sin sentirme como ahora.

No es que durante ese tiempo no me hubiera reído. Viajé, conocí personas increíbles, descubrí ciudades que no imaginaba, celebré cumpleaños. Tengo fotografías en las que aparezco sonriendo, con una copa en la mano, rodeado de amigos.

Pero al volver a casa, las habitaciones seguían vacías.

Ahora miro el calendario.

Hay fechas que marco y vuelvo a mirar antes de acostarme. Encuentros que empiezo a esperar apenas nos despedimos.

Besos que se repiten. Brazos que se enredan alrededor de mi cuello. Unas manos que buscan las mías. Ojos que me miran sin apartarse.

Y cuando llega la hora de despedirnos, ya estoy pensando en cuándo volveremos a vernos.

No todo está resuelto. Todavía hay documentos sobre mi escritorio, llamadas que debo hacer, asuntos que esperan una respuesta.

No sé si mi profesor tiene razón. Quizá de la felicidad no salen grandes historias.

Tampoco sé si algún día escribiré ese libro.

Por ahora, cuando me siento frente a la pantalla, casi siempre termino haciendo otra cosa.

Abro el calendario.

Busco la próxima fecha.

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