DAME TU FUERZA PEGASO



Me toca dar clase por videollamada.

Son las tres de la mañana en Lima y las nueve en París. El aire está quieto.

Acepté porque dije que sí, porque siempre digo que sí, porque creí que podía. Me preparo café, abro la computadora, me siento derecho. De la cintura para arriba llevo una camisa blanca de lino que me regaló mi mamá; de la cintura para abajo, calzoncillos. Frente a la cámara parezco despierto; por dentro voy con retraso.

Saludo y me lanzo a hablar de Mies van der Rohe y digo su nombre varias veces, como si repetirlo me mantuviera consciente, como si invocarlo me ayudara a sostener la línea recta del pensamiento mientras explico la planta libre, la luz, las columnas, el acero, el vidrio, la arquitectura esencial, su paso de Alemania a Estados Unidos, la obsesión por el orden, la ausencia de adorno, la fe en una arquitectura que no titubea, todo seguido, sin aire, sin pausas, porque intuyo que si paro, me caigo.

Quince estudiantes me miran desde París. No dicen nada. Yo sigo.
Y entonces ocurre.

Un pegaso entra en escena, no por la puerta sino por mi cabeza. Es blanco. Tiene alas plateadas. Encima va Quique Suero y me dice algo que no entiendo. No escucho palabras, pero comprendo el mensaje: quiere una caja de panetón.

Yo tengo la caja.
La abrazo.

Estoy sentado en un carrito de montaña rusa que avanza, baja, sube, da vueltas, mientras sigo hablando, mezclando a Mies con Quique Suero, el panetón con la estructura, el francés con el español y luego con algo nuevo que ya no distingo. El pegaso vuela al costado. Quique me estira la mano. Insiste. Yo digo que no. Defiendo la caja. No cedo. No pienso. No despierto.

Monsieur… tout va bien? —escucho, mientras forcejeo con Quique.

La frase cae como un baldazo de agua fría. El pegaso se va sin despedirse. Quique también. El carrito se detiene en seco. El panetón se desvanece.

Miro la pantalla.

Quince franceses me observan. Callados. Atentos. No hay risa. No hay alarma. Solo esa atención limpia, incómoda, de quienes no entienden nada pero esperan una explicación razonable.

Trago saliva.

—Vamos a tomarnos un receso de siete minutos.

 

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